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Sunday, October 12, 2008

UN ECONOMISTA DEL PT Y DIRECTORDE INSTITUTO DE ANALISIS ECONOMICO DEL GOBIENRO BRASILEÑOS OPINA SOBRE LA CRISIS ECONOMICA

es momento para construir nuevos sistemas con justicia social, dice

Agotado, el modelo económico concentrado: experto brasileño

■ Necesaria la unión de países y presión de la sociedad para el cambio

Paulo Cannabrava Filho


El modelo económico concentrador está agotado e insistir en él es “cerrar las puertas al futuro y condenar al planeta al calentamiento global, de consecuencias inimaginables”, advierte el economista brasileño Marcio Pochmann.

Explica: “hoy un millón 250 mil familias controlan 55 por ciento de la riqueza del mundo, dejando en la pobreza y la incertidumbre a mil 500 millones de familias, más de dos tercios de los habitantes de la Tierra”.

Además, señala el coordinador del Instituto de Investigación Económica Aplicada (organismo vinculado al Núcleo de Asuntos Estratégicos de la presidencia de Brasil), “500 trasnacionales controlan 40 por ciento del PIB mundial; entre ellas, las 50 mayores tienen ingreso superior al de 100 países. Y no hay alguna medida de compensación. Las regulaciones impuestas al sistema planetario extrapolan los países y no hay control sobre las grandes trasnacionales identificadas con un patrón de desarrollo del siglo XX que actualmente es insostenible ambientalmente”.

Así, apunta, la intervención del Estado para evitar la quiebra de dos de las más grandes financieras en Estados Unidos constituye una prueba más de que está superado el modelo de desarrollo fundado en el liberalismo o en el pensamiento único emanado del Consenso de Washington. El momento es propicio para una reversión de expectativas a nivel mundial e iniciar la construcción de nuevos modelos que lleven a una sociedad más justa, que valore prioritariamente a la persona y la preservación de la naturaleza. Para que eso ocurra es imprescindible la participación del Estado.

El Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea, por sus siglas en portugués), que coordina Pochmann, tiene como finalidad monitorear y evaluar políticas públicas, subsidiar la construcción de una agenda para el desarrollo nacional y elaborar el plan de desarrollo 2022.

Autor de numerosos libros, entre ellos Globalizacão: a nova divisão internacional do trabalho; O capitalismo em mudança, Pochmann tiene como meta en la coordinación del Ipea “contribuir a la construcción de una agenda del desarrollo nacional para reducir la distancia que separa el Brasil que podemos ser del Brasil que realmente somos”.

Cambio cultural y de consumo

Para el también doctor en economía “se está viviendo una fase de reinvención de una economía posliberal. El momento apunta hacia un nuevo proyecto de desarrollo nacional que considere la importancia de los estados supranacionales. Frente a la dificultad de mantener la soberanía en un mundo que se concentra, la unión de los estados es la alternativa”.

Pochmann enfatiza que el modelo económico que se aplica en los países en desarrollo está agotado, y tras enumerar la concentración que éste ha dejado, indica: “ese modelo de mercantilización de la vida no fue universalizado de manera homogénea, de tal modo que sólo el 25 por ciento de la población tuvo acceso a ese patrón de producción y consumo, mientras que en América Latina y África la universalización se dio en forma de subdesarrollo. Y la ausencia de un gobierno mundial resultó en que las corporaciones tienden a profundizar el subdesarrollo”.

–¿Eso es lo que caracteriza al imperialismo de nuestros días, la concentración globalizada? ¿Cómo ve usted el futuro para ese modelo del capitalismo?

–El imperialismo desterritorializó el modelo de desarrollo dentro de un patrón de producción y consumo. Las grandes empresas operan cada vez más en redes y en función de ventajas comparativas. Ellas se dislocan de un país a otro, deciden qué partes harán y en qué país las harán para ampliar sus ganancias. Y presionan para que ese patrón de desarrollo se mantenga en la explotación del subdesarrollo. Ese modelo consumista crea demanda por automóviles, por ejemplo. Como consecuencia, los sectores altos, la clase media y los que tienen recursos para comprarlos, presionarán para que el gobierno dirija las inversiones en carreteras, viaductos, garajes y otros bienes para servir a ese segmento de la sociedad. Significa, muchas veces, ausencia o insuficiencia de recursos para inversiones en infraestructuras colectivas como trenes, autobuses, e inclusive para educación y salud. Y aquel que sostiene el modelo de consumo de bienes de alto valor unitario es el mismo que compra un periódico, o el que lo elabora, o el comentarista de los medios de comunicación, lo que hace que los gobernantes sean susceptibles a esas presiones.

–¿Cómo invertir eso si toda la sociedad parece estar deslumbrada con la posibilidad de acceso al consumo, si son las grandes corporaciones las que dictan las reglas a los gobiernos?

–Primero es necesario un cambio cultural. No hay como seguir utilizando la economía de la explotación. La gente está transfiriendo al trabajador la responsabilidad por la calificación de la mano de obra.

“La víctima pasó a ser el culpable por su situación de desempleo. Pero él no es el que genera empleo. Quien genera empleo es la economía, el sistema económico, es el gasto público también. Por eso, el arma del trabajador es su liberación del trabajo por supervivencia. Y eso es posible con mejor repartición de las ganancias por productividad. Es inexorable que con el aumento de la producción y más productividad haya una menor demanda por jornada de trabajo. Hay condición suficiente no sólo para una reducción drástica de la jornada de trabajo, sino también para la postergación del ingreso de los jóvenes al mercado de trabajo. No hay razón alguna que justifique trabajar más de 42 horas por semana.”

–¿Cómo, si en los países de nuestra América el subempleo es dominante y hay utilización hasta de trabajo esclavo?

–En 1850 ya era posible trabajar ocho horas diarias pero se laboraban 16 horas o más aunque existía una base económica que permitía una jornada menor. Eso se hizo posible por la movilización de la sociedad, por presión de los sindicatos que adquirieron más fuerza con la industrialización. Fue necesario un tiempo para que lo que se pretendía se volviera una realidad socialmente compartida. Además de reducir la jornada de trabajo, las personas deberían ingresar en el mercado laboral después de los 25 años de edad. Cuando la expectativa de vida era de 40 años se consideraba normal comenzar a trabajar a los cinco años, como en la sociedad agraria, o a los 15 o 17 años. Ahora que hay la posibilidad de vivir hasta los 100 años o más, tiene sentido postergar la entrada al mercado de trabajo. Con la reducción de la jornada y el ingreso con más edad al mercado de trabajo es que se podrá integrar a todos los excluidos. Y también hay que cuidar de que haya educación para todos a lo largo de la vida.

–¿Eso cuesta dinero y los gobiernos dicen que no hay recursos. ¿Quién va a financiar todo eso?

–Los fondos públicos. El estado recauda y quien va a gerenciar es la comunidad…

–Pero si el Estado es cómplice de las grandes corporaciones cuando no son ellas las que dictan las reglas para el Estado. ¿Cómo cambiar eso?

–Eso toma tiempo. Depende de la politización de la sociedad, pues la solución es política. Depende de la capacidad de organización y de presión de la sociedad. Tiene que haber presión también por mayor responsabilidad social de las empresas. El trabajo autónomo, en torno de las potencialidades de las comunidades también necesita ser financiado y eso es función para los fondos públicos.

–¿Cómo?

–Hubo una época en que era inimaginable pagar a un profesor, por ejemplo, o a un médico, con recursos públicos. Hoy toda la gente lo ve como normal. Hay que pensar en ocupación vinculada a la sociabilidad.

—Si, es claro, pero, ¿de dónde vendrán tantos recursos para esos fondos?

–Hay que hacer que aumenten los fondos públicos a partir de la tributación de los sectores más dinámicos, además de la tributación sobre el patrimonio y nuevas formas de financiamientos públicos, como, por ejemplo, las aplicaciones en títulos de la deuda pública. O sea, estamos hablando de un PIB mundial alrededor de 60 billones de dólares mientras circulan en el mercado financiero 600 billones de dólares.

–Usted dice que hay que tributar inclusive las commodities. Cristina Fernández, presidenta de Argentina, intentó que tributaran los productos agrícolas de exportación y no lo logró. Tuvo que ceder.

–Sí, es un espacio de disputa y ella fue derrotada. Está claro que si no se produce movilización social y presión nada cambiará. Es necesario cambiar ese modelo concentrador. La decisión tiene que ser política. En Brasil, la democratización iniciada en los años 1980 tenía como presupuesto un conjunto de reformas que no se produjeron. Al contrario, hubo una desconstrucción del Estado. El 15 por ciento del PIB que era estatal pasó a monopolios privados. Además, hubo una reducción de 2.5 millones en la fuerza de trabajo del sector público. La política del estado mínimo dejó al Estado en extrema pobreza y carente de cuadros, pues no hubo capacitación profesional y sí reducción de salarios. La participación de la renta generada por el trabajo en la distribución funcional del PIB bajó del 50 por ciento al 36 por ciento.

–¿Cuál es el modelo de desarrollo ideal que usted propone para América Latina?

–Europa y Asia lograron enfrentar la globalización con proyectos propios que dieron buenos resultados. Eso porque supieron protegerse y aprovechar la globalización. China por ejemplo. No es que China sea el modelo ideal, pero para que se vean otras formas. Mientras en América Latina se abrieron las economías gratuitamnte, sin exigencia de contrapartida, China abrió con la contrapartida de transferencia tecnológica. Por cada empresa que se instaló en su territorio ellos establecieron una empresa clon. ¿Por qué sólo los chinos pueden hacer eso?

–Brasil ya lo hizo. Cuando el gobierno de Juscelino Kubitschek (1956-1961) abrió para que se instalara la industria automotriz impuso un plazo para su nacionalización y fue cumplido.

–Sí. Eso es una decisión de estadista. Hoy esa industria ya no es nacional. América Latina y otros países del tercer mundo no tienen proyectos, lo que hace más difícil la construcción de alternativas. En el caso latinoamericano esa construcción debe ser de carácter regional, puesto que ningún país logrará enfrentar ese desafío sólo.

“Con el modelo actual, centrado en producir y exportar minerales, vegetales y combustibles se aprovecha mínimamente el potencial que tienen nuestros países en su inserción internacional. Es necesario enriquecer las cadenas productivas. Una cosa, por ejemplo, es ser de la OPEP y exportar petróleo bruto. Otra cosa es agregar valor en la cadena productiva, producir los derivados a través del desarrollo de la petroquímica. Eso genera demanda de empleos de calidad, empleo para la clase media.”

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He sido dirigente del movimiento estudiantil de 1968, dirigente en el PMT, miembro fundador del Movimiento de Acción Política y del PSUM en los setentas. Miembro Fundador de la UNORCA. De abril a julio de 2006 fui el coordinador general de la campaña presidencial de Patricia Mercado. Como funcionario público he sido Subsecretario en la Secretaría de Agricultura, y Subsecretario en la Secretaría de la Reforma Agraria en México entre 1988 a 1994. En 1995 me desempeñé como Director de Desarrollo Rural de la FAO en Roma y desde 1997 hasta 2005 fungí como Representante Regional de la FAO para América Latina y el Caribe. Como escritor soy miembro Fundador de La Jornada y colaborador de la Revista Nexos. De 2006 a 2009 fui profesor visitante en el Taller de Teoria Política de la Universidad de Indiana en Bloomington, dirigido por los profesores Vincent y Elinor Ostrom. EN 2015 fui Profesor Tinker en la Universidad de Wisconsin en Madison. He terminado dos libros a publicarse sobre la transición política en México. He terminado un libro sobre las reformas rurales en 1991 y estoy trabajando en una trilogía novelada. El primer tomo se llama 68.

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